domingo, 6 de noviembre de 2011

Todos los demás

Tarde lluviosa…
Caminar tranquilo. Lento. Del que a mí me gusta, saboreando cada paso y cada zancada.
Gotas acariciando mis mejillas y deslizándose por mi cuello.
Nariz fría y ojos entrecerrados para evitar las gotas que cuelgan de mi flequillo.
El paraguas en el bolso, está bien ahí.
Voy puntual y pienso
Y lo veo todo claro:
Nada está ni estará nunca claro.
Recordare sus ojos y su sabor a tabaco y Gin tonic.
Recordaré su tacto y su abrazo entre las sábanas.
Tampoco podré olvidar aquel banco.
Su manera de mirar el reloj.
Sus caricias y su falsa modestia.
Aquella manera de bailar.
Miradas de admiración y desprecio.
Sus palabras, nuestro grito
su sonrisa y sus piropos.
Su giño de ojos, su mano a escondidas…
Su gesto inocente y nuestras competiciones
Su cara tras la ventanilla.
Recordare todos y cada uno de esos detalles
Y de algunos me enamorare.
Y entre tanta gente, lo vi todo claro.
Nada estará nunca claro.
Quién sabe si mañana…

(Muchas gracias por estar ahí, al otro lado de la pantalla, celebarando conmigo mi entrada número 100) :)

lunes, 17 de octubre de 2011

- ¿El último beso?
- El último.


(menos mal que volvió con el último abrazo)

martes, 11 de octubre de 2011

Sed de limón

             Bienvenidos al mundo
 las lágrimas escuecen,
en  la cama hace frío
 y los sueños te mienten. 

De recordar el momento
invento palabras
invento hasta besos
y pliego mis alas.

Qué difícil es odiar
cuando no sientes nada
cuando no hay respuesta
cuando sólo duele. 

Se desbocó la primavera
me perdí en verano
y ahora en otoño
se me cae la sonrisa.

La música piensa por mí
el viento se jode,
mierda y cuchara
me voy a dormir.

lunes, 10 de octubre de 2011

Se busca final para poema o lo que surja

Y aún no he podido
dejar de pensar(te).
Decir que he elegido
sería mentir(me).

Tal vez he tratado
de evitar el momento
quizás no quería
saber lo que siento.

Buscaba aclararme
y tuve pesadillas.
Tus besos confusos
aun me hacen cosquillas.

Me dejé llevar,
y me vi caer
sabiendo que el final
sólo puede doler.

 La Luna me mira,
brillo de silencio
las dos sin respuestas
borrachas de invierno.

Contradigo al silencio
y perdono hasta al cierzo
Bañada en sus ojos
me ahogué sin remedio.

Posada en la calle,
me entierro en la arena
perdí los principios
y el final del poema.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Yo prefiero la Luna

Me siento cobarde,
me quiero valiente
Tenerte a mi lado
sintiéndote ausente.

Querer volar alto,
por ser imposible.
Si tu das un salto,
no puedo seguirte.

Pensar(te) con mis ojos
sin siquiera mirar(te)
o inventarme que existes
sin poder tocarte.

Soñando con cuentos
me perdí en tu laberinto
de montruos violentos
de brujas sin instinto…

Subimos al cielo
desde aquella laguna:
tocaste una estrella,
yo, prefería la luna.

En estos asuntos
no hay sustitutos
O sientes, o siento
No hay más minutos

Obviando pasiones,
avanzamos distinto
Tomar decisiones
no es solo de instinto.

¿Cortarse las alas?
¿Volar los dos juntos?
¿Despedirse a las malas?
Prever el futuro...




lunes, 19 de septiembre de 2011

Marlene tenía nombre de estrella de cine.

Marlene tenía nombre de estrella de cine. Desde pequeña le habían dicho que valía para las tablas, que tenía estrella y que sin duda terminaría siendo alguien en el mundo de la farándula. Ella, inocente como era, los había creído a todos y había ido alimentando sus sueños y construyendo castillos sobre aquellas promesas y profecías de los que creían conocerla a ella y a su destino. La vida, sin embargo, no siempre sucede como a una le gustaría y Marlene había visto blanquear sus cabellos sin avanzar más allá del patio de butacas.


Ahora ya, esperando deslizarse hacia el fin de sus días, Marlene sentía la necesidad de vivir en aquellos castillos. Resultaba sorprendente que tras tantos fracasos y frustraciones todas sus ensoñaciones siguieran ahí, más definidas y esperanzadoras que nunca.

Todas las mañanas Marlene se levantaba temprano, arreglaba su casa, cocinaba y limpiaba las dos habitaciones que tenía alquiladas a un par de estudiantes de medicina. Después, se vestía con aquel vestido de bailar tangos que había comprado hacía años en el mercadillo de los miércoles, se pintaba los labios de color rojo y se perfilaba los ojos con carboncillo como su madre le había enseñado. Se recogía el pelo en un moño apretado y se calzaba sus zapatos de salón. Estaba realmente orgullosa de aquellos zapatos de baile, eran de color negro brillante y con una gruesa hebilla plateada la ayudaban a mantenerse sobre los anchos tacones. Eran lo primero que había comprado con su sueldo de limpiadora, allá por 1945, después de varios meses ahorrando y privándose de otros pequeños caprichos.

Después, salía a la calle y se pavoneaba por las empedradas calles de Aix les Bains camino del quiosco. Allí compraba el periódico y aunque nunca lo leía, pues hablaba de la realidad y hacía tiempo que a Marlene había dejado de interesarle, le gustaba el aspecto entendido que le otorgaba. Con los papeles bajo el brazo volvía a casa, se sentaba en su vieja butaca frente a la ventana y esperaba inmóvil hasta las siete menos veinte. A esa hora se ponía de pie y recorría con calma los diez minutos que separaban su casa del bar “Le Chat Noir” .

El dueño de “Le Chat Noir” era un viejo amigo de la familia y la dejaba bailar sin consumir nada. A las 7 de la tarde todos los días del año un pequeño altavoz emitía las notas bailarinas de tangos, bachatas, salsas y otros ritmos típicos del continente americano en el coqueto salón del local. Marlene como alma enloquecida pasaba las horas sola moviéndose al compás de la música. Rodeada de parejas de jubilados artríticos, la mujer destacaba con su danza privada y se deslizaba entre ellos inventando pasos e imitando aquellos de las actrices y bailarinas que había visto en las salas de cine. Las horas pasaban veloces cuando bailaba y hacía volar los volantes de su vestido negro. Mirarla inspiraba una mezcla de admiración y miedo que poca gente era capaz de soportar haciendo que todo el mundo terminara por apartar la vista de aquel ritual casi mágico.

Cuando las últimas notas doraban el aire, ya con la Luna sobre los tejados, Marlene cerraba los ojos e imaginaba día tras día los aplausos de un público apasionado y fiel que le lanzaba indistintamente piropos y rosas hasta el escenario de locura desde el que ella vivía su vida de estrella. Y es que Marlene tenía nombre de estrella de cine.