El calor es agobiante y húmedo hasta el viento es como un aliento irrespirable que te rodea y no te deja abrir los pulmones. Llevamos tres días así. El Sol hace arder las barandillas, derrite el volante del coche, el sillín de la bici y hasta los arboles parecen mas susceptibles en estos días.
Pero esta noche algo ha cambiado, hace ya un rato que el cielo flashea como si millones de turistas japoneses la admirasen a una todos a la vez con sus pequeñas cámaras de fotos. De repente, una gota sobre el hombro, diez metros para llegar a casa y casi apetece ralentizar el paso para mojarse. Empaparse de vida, de energía de esa que chupa el asfalto hirviente de la calzada. Cuando llevar un paso más lento sería igual a quedarme clavada en medio de la acera no me queda otro remedio que entrar en casa.
Una vez en mi cuarto enciendo mi pequeña ventana al mundo (la que tiene fondo de pantalla y el simbolito de Tuenti) y abro la grande (la que tiene cortinas y persianas). En cuestión de segundos tengo varias conversaciones abiertas y millones de gotas empapando los papeles de encima de mi mesa.
Pierdo el hilo de las charlitas y me concentro en un honorable caballero tripón que corretea bajo la lluvia con una bolsa de plástico en la cabeza y un paraguas del revés en la mano (siempre he pensado que en esta ciudad más vale una bolsa que un paraguas, sobre todo en caso de haberse hecho al permanente hace poco).
De repente se abren las nubes, el cielo grita, aúlla, cruje y se rompe, se raja; como diría el gran sabio Obélix: cae sobre nuestras cabezas. Día, noche, noche día: los rayos, relámpagos y retruécanos iluminan el cielo a su antojo.
Y como una sacudida el agua ahoga los rayos y las penas en esta noche, la primera noche del verano.
Mostrando entradas con la etiqueta lluvia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lluvia. Mostrar todas las entradas
miércoles, 22 de junio de 2011
EL verano tropezó y calló la gran tormenta.
Un susurro sobre:
lluvia,
mi cabeza y mis sueños,
NUBES
miércoles, 5 de enero de 2011
Peca, Gota.
Con los labios amoratados por el frío y las mejillas sonrosadas la niña Totó no dejaba de sonreír. Corría bajo la lluvia como si esa fuera su verdadera naturaleza. Era extraño verla correr por aquella parte de la ciudad. Los edificios, antes grises y descascarillados, parecía que se limpiaban con esa milagrosa lluvia. Hasta entonces yo no creía en milagros… ¡pero hacía tanto que no llovía por estas tierras! Incluso los árboles habían desaparecido y apenas quedaba gente en el barrio.
Al mirarla a la cara no pude evitar fijarme en las gotas que se resbalaban por sus mofletitos regordetes. Por cada peca, una gota. Peca, gota. Peca, gota. Peca, gota... Y ella, ajena al mundo que la rodeaba, sólo era capaz de escuchar el sonido de la naturaleza al chocar contra el suelo de asfalto…
Tras la lluvia, llegó el Sol y también el arcoíris; con él, el color; y con el color, la gente perdió, por fin, el miedo a salir a la calle. Los restos de la guerra se deshicieron por las alcantarillas. Se disolvieron en aquel mágico elixir que lloraban las nubes. Todo el mundo cantaba y reía. Lo celebraban.
Y yo, mientras tanto, desde detrás de mi ventana sólo podía pensar, hipnotizado, en la inocente niña Totó y en aquel rítmico “Peca, gota. Peca, gota. Peca, gota…”
Al mirarla a la cara no pude evitar fijarme en las gotas que se resbalaban por sus mofletitos regordetes. Por cada peca, una gota. Peca, gota. Peca, gota. Peca, gota... Y ella, ajena al mundo que la rodeaba, sólo era capaz de escuchar el sonido de la naturaleza al chocar contra el suelo de asfalto…
Tras la lluvia, llegó el Sol y también el arcoíris; con él, el color; y con el color, la gente perdió, por fin, el miedo a salir a la calle. Los restos de la guerra se deshicieron por las alcantarillas. Se disolvieron en aquel mágico elixir que lloraban las nubes. Todo el mundo cantaba y reía. Lo celebraban.
Y yo, mientras tanto, desde detrás de mi ventana sólo podía pensar, hipnotizado, en la inocente niña Totó y en aquel rítmico “Peca, gota. Peca, gota. Peca, gota…”
Un susurro sobre:
lluvia,
LOS SINSENTIDOS DEL MUNDO
sábado, 24 de abril de 2010
Mi paraguas.
Nos encantaba tumbarnos en aquel prado a pasar la tarde; nos distraíamos charlando o adivinando la forma de las nubes. A veces simplemente nos dábamos la mano y sonreíamos mientras en el cielo feroces dragones y valientes héroes y heroínas luchaban en duelos a muerte… Casas, corazones, castillos, caras burlonas o amenazadoras y millones de sueños desfilaban ante nuestra mirada curiosa durante largas y apacibles horas.
Un soleado día de verano, mientras la cara de una malvada bruja con nariz puntiaguda se transformaba en un redondeado cerdito alado, las nubes comenzaron a oscurecer. Se fueron desplazando hasta juntarse justo por encima de nosotros, como si fuera una reunión de algodones de azúcar. En pocos segundos una enrome tormenta de cuentos se había desencadenado sobre nuestras cabezas. Millones de palabras, letras y frases se precipitaban velozmente desde el cielo empapándonos de historias, historias que nosotros mismos habíamos inventado.
Yo saqué inmediatamente mi paraguas del bolso; lo llevo siempre que no llueve; cosas del destino… lo coloqué boca-abajo sobre el brillante césped y en cosa de un instante estaba colmado de aventuras y romanticismos de cuento, que al plegarlo quedaron allí guardadas. Ahora cuando llueve siempre saco mi paraguas y me dedico a leer historias increíbles de nubes cuentacuentos.
Un soleado día de verano, mientras la cara de una malvada bruja con nariz puntiaguda se transformaba en un redondeado cerdito alado, las nubes comenzaron a oscurecer. Se fueron desplazando hasta juntarse justo por encima de nosotros, como si fuera una reunión de algodones de azúcar. En pocos segundos una enrome tormenta de cuentos se había desencadenado sobre nuestras cabezas. Millones de palabras, letras y frases se precipitaban velozmente desde el cielo empapándonos de historias, historias que nosotros mismos habíamos inventado.
Yo saqué inmediatamente mi paraguas del bolso; lo llevo siempre que no llueve; cosas del destino… lo coloqué boca-abajo sobre el brillante césped y en cosa de un instante estaba colmado de aventuras y romanticismos de cuento, que al plegarlo quedaron allí guardadas. Ahora cuando llueve siempre saco mi paraguas y me dedico a leer historias increíbles de nubes cuentacuentos.
Un susurro sobre:
cuentos chinos,
lluvia,
NUBES
domingo, 18 de abril de 2010
Lluvia.
Era un día triste… las nubes de un deprimente color gris plomizo se vaciaban sobre los desgastados adoquines de la acera. Ella caminaba despacio con los ojos fijos en el oscuro horizonte. Un pequeño paraguas plegable se balanceaba en su mano; llovía mucho, pero no le importaba mojarse, quería mojarse. Grandes gotas resbalaban por sus mejillas y le recorrían todo el cuerpo. Llevaba un bonito vestido negro que, un vez mojado permitía adivinar sus delgadas formas casi infantiles. El pelo se le pegaba a la frente y le chorreaba en cascada por la espalda como si se encontrara bajo el grifo de una ducha fría. De las pestañas le colgaban pequeñas gotas que se mezclaban con sus lágrimas. No podía parar de llorar, cuanto más llovía más lloraba. Era un llanto silencioso sin gritos exagerados ni gemidos… sólo lágrimas. Sólo dolor que le dejaba aquel familiar sabor saldo en los labios, pero que le escocía como un ácido en el corazón.
Llevaba unas bailarinas grises que procuraba sumergir en todos los charcos en un intento desesperado de ahogar sus penas. La orquesta formada por millones de gotas chocando violentamente contra la ciudad dormida impedía escuchar cualquier sonido ajeno a aquel estallido tormentoso; por eso no lo oyó acercase por detrás y fue su roce lo que la sacó de aquella ensoñación lluviosa que la hipnotizaba.
-¿Has vuelto?- preguntó insegura. Ni siquiera se atrevió a parpadear temiendo que su presencia sólo fuese una alucinación y que si cerraba los ojos éste desapareciese otra vez.
-Sí, he vuelto- le susurró- no podía dejarte sola con esta tormenta.
Llevaba unas bailarinas grises que procuraba sumergir en todos los charcos en un intento desesperado de ahogar sus penas. La orquesta formada por millones de gotas chocando violentamente contra la ciudad dormida impedía escuchar cualquier sonido ajeno a aquel estallido tormentoso; por eso no lo oyó acercase por detrás y fue su roce lo que la sacó de aquella ensoñación lluviosa que la hipnotizaba.
-¿Has vuelto?- preguntó insegura. Ni siquiera se atrevió a parpadear temiendo que su presencia sólo fuese una alucinación y que si cerraba los ojos éste desapareciese otra vez.
-Sí, he vuelto- le susurró- no podía dejarte sola con esta tormenta.
Aquella noche en la ciudad llovía y había tráfico, gente, semáforos y ruido pero para ella solamente existía él, él y su maleta vacía, que había vuelto a su sitio habitual en el armario.
__________________________________________________________
“Hay una buena cantidad de nada en la vida y hay que saber dejarla atrás”.
Carmen Laforet, escritora española
jueves, 25 de marzo de 2010
Tormentas nocturnas
Cada noche la misma rutina. Le encantaba quitarse los calcetines despacio. Los desenrollaba con el otro pie, del talón hasta la punta de los dedos, y los catapultaba haciéndolos rebotar en la puerta de su armario, todo sin usar las manos. Después movía los dedos recién liberados como una niña pequeña, le gustaba comprobar que seguían ahí, en forma. Luego, con el pijama ya puesto, se metía entre las suaves sábanas y recordaba su infancia, hacía veinte años que utilizaba las mismas sábanas de corazoncitos y arcoíris de colores.
Una vez dentro cerraba los ojos y metía una mano bajo la almohada con delicadeza. Entonces su imaginación comenzaba a volar y notaba como una brisa templaba su cuello y revolvía sus cabellos mientras un regusto salado se iba adueñando de su boca. La espuma de su colchón se endurecía hasta transformarse un una pequeña balsa fijada con gruesas cuerdas y el vaso de su mesilla de noche comenzaba a desbordarse. El agua goteaba en la alfombra y terminaba por inundar toda la habitación. Del mismo vaso salían también nubes y peces y en pocos segundos Clara se encontraba en medio de una tempestad marina. Ella no tenía miedo, su cuerpo, salpicado por el fuerte oleaje descansaba sobre los maderos que componían la balsa y que chirriaban con cada nueva envestida de la marea. Se levantaba y miraba al oscuro horizonte, estaba tranquila. Un roce conocido la hacía girarse, y se encontraba con la mirada ardiente de… de él, de su capitán. Se acercaban seguros, se besaban, se tumbaban y se enrollaban entre las sábanas. Entonces el agua, la tormenta, y la balsa desaparecían y quedaban sólos ellos, sus viejas sábanas de corazones y sus ganas de navegar.
-¿Sabes una cosa?
-Dime Clara - sonreía mientras le acariciaba el pelo desordenado.
-Sabes a mar, a aventura y a mar.

Navegar sin temor
en el mar es lo mejor,
no hay razón de ponerse a temblar.
Y si viene negra tempestad
reír y ramar y cantar.
Una vez dentro cerraba los ojos y metía una mano bajo la almohada con delicadeza. Entonces su imaginación comenzaba a volar y notaba como una brisa templaba su cuello y revolvía sus cabellos mientras un regusto salado se iba adueñando de su boca. La espuma de su colchón se endurecía hasta transformarse un una pequeña balsa fijada con gruesas cuerdas y el vaso de su mesilla de noche comenzaba a desbordarse. El agua goteaba en la alfombra y terminaba por inundar toda la habitación. Del mismo vaso salían también nubes y peces y en pocos segundos Clara se encontraba en medio de una tempestad marina. Ella no tenía miedo, su cuerpo, salpicado por el fuerte oleaje descansaba sobre los maderos que componían la balsa y que chirriaban con cada nueva envestida de la marea. Se levantaba y miraba al oscuro horizonte, estaba tranquila. Un roce conocido la hacía girarse, y se encontraba con la mirada ardiente de… de él, de su capitán. Se acercaban seguros, se besaban, se tumbaban y se enrollaban entre las sábanas. Entonces el agua, la tormenta, y la balsa desaparecían y quedaban sólos ellos, sus viejas sábanas de corazones y sus ganas de navegar.
-¿Sabes una cosa?
-Dime Clara - sonreía mientras le acariciaba el pelo desordenado.
-Sabes a mar, a aventura y a mar.

Navegar sin temor
en el mar es lo mejor,
no hay razón de ponerse a temblar.
Y si viene negra tempestad
reír y ramar y cantar.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Llueve sobre mojado
hoy escribo dos veces, estoy malita en casa y lo necesito.
Estoy con la persiana medio bajada, noto un flash de luz y me giro, no es nada. Otro flash, esta vez ilumina toda mi habitación. Me levanto y subo la persiana. Millones de gotas diminutas chocan contra los cristales, como si quisieran entrar a resguardarse de la tormenta. Abro la ventana despacito, para que no entre agua, me dan pena las pobres gotas, pero son demasiadas. Un estruendo se apodera de mis oídos y ahoga la suave música que estaba escuchando. Miro hacia abajo y soy testigo de un curioso espectáculo, la calle no está desierta como de costumbre. Al menos veinte personitas corretean (no corren) corretean entre la acera y la carretera en diferentes direcciones. Ninguna lleva paraguas y todas van solas. Cada una en una dirección, cada una siguiendo su propio camino, el camino que la llevara hasta su casa calentita. Cada pocos segundos un enorme relámpago aclara el paisaje dándole al ambiente un ligero aire de discoteca maquinera. Corro a por mi cámara, saco la mano por la ventana y hago una foto. Me gusta la esquina que se ve desde mi ventana, solo se ve tráfico y ventanas pero tantas tardes de estudio han hecho que conozca hasta el último detalle… Cierro la ventana y todo queda en silencio, el CD ha terminado y la tormenta a quedado silenciada como una preciosa película de cine mudo. Me quedo un rato observándola, esperando que algún viandante sin paraguas pare de correr y disfrute de las pequeñas gotas que le empapan el traje de naturaleza. Tal vez no lo vea hoy, pero hay muchas tormentas y todas son diferentes... En realidad,no tengo prisa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

