Marlene tenía nombre de estrella de cine. Desde pequeña le habían dicho que valía para las tablas, que tenía estrella y que sin duda terminaría siendo alguien en el mundo de la farándula. Ella, inocente como era, los había creído a todos y había ido alimentando sus sueños y construyendo castillos sobre aquellas promesas y profecías de los que creían conocerla a ella y a su destino. La vida, sin embargo, no siempre sucede como a una le gustaría y Marlene había visto blanquear sus cabellos sin avanzar más allá del patio de butacas.
Ahora ya, esperando deslizarse hacia el fin de sus días, Marlene sentía la necesidad de vivir en aquellos castillos. Resultaba sorprendente que tras tantos fracasos y frustraciones todas sus ensoñaciones siguieran ahí, más definidas y esperanzadoras que nunca.
Todas las mañanas Marlene se levantaba temprano, arreglaba su casa, cocinaba y limpiaba las dos habitaciones que tenía alquiladas a un par de estudiantes de medicina. Después, se vestía con aquel vestido de bailar tangos que había comprado hacía años en el mercadillo de los miércoles, se pintaba los labios de color rojo y se perfilaba los ojos con carboncillo como su madre le había enseñado. Se recogía el pelo en un moño apretado y se calzaba sus zapatos de salón. Estaba realmente orgullosa de aquellos zapatos de baile, eran de color negro brillante y con una gruesa hebilla plateada la ayudaban a mantenerse sobre los anchos tacones. Eran lo primero que había comprado con su sueldo de limpiadora, allá por 1945, después de varios meses ahorrando y privándose de otros pequeños caprichos.
Después, salía a la calle y se pavoneaba por las empedradas calles de Aix les Bains camino del quiosco. Allí compraba el periódico y aunque nunca lo leía, pues hablaba de la realidad y hacía tiempo que a Marlene había dejado de interesarle, le gustaba el aspecto entendido que le otorgaba. Con los papeles bajo el brazo volvía a casa, se sentaba en su vieja butaca frente a la ventana y esperaba inmóvil hasta las siete menos veinte. A esa hora se ponía de pie y recorría con calma los diez minutos que separaban su casa del bar “Le Chat Noir” .
El dueño de “Le Chat Noir” era un viejo amigo de la familia y la dejaba bailar sin consumir nada. A las 7 de la tarde todos los días del año un pequeño altavoz emitía las notas bailarinas de tangos, bachatas, salsas y otros ritmos típicos del continente americano en el coqueto salón del local. Marlene como alma enloquecida pasaba las horas sola moviéndose al compás de la música. Rodeada de parejas de jubilados artríticos, la mujer destacaba con su danza privada y se deslizaba entre ellos inventando pasos e imitando aquellos de las actrices y bailarinas que había visto en las salas de cine. Las horas pasaban veloces cuando bailaba y hacía volar los volantes de su vestido negro. Mirarla inspiraba una mezcla de admiración y miedo que poca gente era capaz de soportar haciendo que todo el mundo terminara por apartar la vista de aquel ritual casi mágico.
Cuando las últimas notas doraban el aire, ya con la Luna sobre los tejados, Marlene cerraba los ojos e imaginaba día tras día los aplausos de un público apasionado y fiel que le lanzaba indistintamente piropos y rosas hasta el escenario de locura desde el que ella vivía su vida de estrella. Y es que Marlene tenía nombre de estrella de cine.
Mostrando entradas con la etiqueta el destino de las estrellas fugaces. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el destino de las estrellas fugaces. Mostrar todas las entradas
lunes, 19 de septiembre de 2011
Marlene tenía nombre de estrella de cine.
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces,
gente
martes, 21 de junio de 2011
Casualidades
-¿Crees en el destino y en las señales?
- Sólo cuando me viene bien, y ahora preferiría no creer.
-Si tú no crees yo no creo.
-Está bien, que le den al destino...
-Prefiero disfrutar de las casualidades sin depender de ellas.
- Sólo cuando me viene bien, y ahora preferiría no creer.
-Si tú no crees yo no creo.
-Está bien, que le den al destino...
-Prefiero disfrutar de las casualidades sin depender de ellas.
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces
martes, 22 de marzo de 2011
Vino rancio y tabaco
Todas las noches, cuando volvía a casa, se cepillaba el pelo con fuerza, casi con rabia. Quería deshacerse de todo aquello. Los malos pensamientos, la humillación y la soledad le enredaban el pelo y no la dejaba pensar.
No era la primera vez y seguramente tampoco la última. Se había sentido bien unos segundos, pero era placer y no felicidad; hacía tiempo que no sentía ambas cosas a la vez. De hecho, tras lo primero, solía sentir frustración y remordimientos… Su autoestima bajaba y subía con la velocidad de una montaña rusa y sus pensamientos avanzaban más rápido que sus zancadas cuando volvía, ya al amanecer, corriendo por las callejuelas.
Aquella noche se tiñó los labios de venganza y selló su cuello con tinta lasciva. Tal vez fuera por ser él quien era o simplemente por ser un “él”, o quizás por ser ella o por… ¿quién sabe por qué? Lo que más dolía, sin embargo, eran los recuerdos de otros besos, de los de verdad, de los que dejaban un tatuaje de interés y respeto, una caricia llena de amor. Los besos de los demás también parecían más reales y mejores. Los abrazos y las caricias de verdad tenían algo diferente, una esencia distinta. Ese sabor a melocotón y vainilla, muy distinto al que tenían sus besos, ahora de vino rancio y tabaco.
No era la primera vez y seguramente tampoco la última. Se había sentido bien unos segundos, pero era placer y no felicidad; hacía tiempo que no sentía ambas cosas a la vez. De hecho, tras lo primero, solía sentir frustración y remordimientos… Su autoestima bajaba y subía con la velocidad de una montaña rusa y sus pensamientos avanzaban más rápido que sus zancadas cuando volvía, ya al amanecer, corriendo por las callejuelas.
Aquella noche se tiñó los labios de venganza y selló su cuello con tinta lasciva. Tal vez fuera por ser él quien era o simplemente por ser un “él”, o quizás por ser ella o por… ¿quién sabe por qué? Lo que más dolía, sin embargo, eran los recuerdos de otros besos, de los de verdad, de los que dejaban un tatuaje de interés y respeto, una caricia llena de amor. Los besos de los demás también parecían más reales y mejores. Los abrazos y las caricias de verdad tenían algo diferente, una esencia distinta. Ese sabor a melocotón y vainilla, muy distinto al que tenían sus besos, ahora de vino rancio y tabaco.
Un susurro sobre:
besos robados,
el destino de las estrellas fugaces,
la amistad
jueves, 2 de diciembre de 2010
Espejos rotos.
-Aquel curioso día de Diciembre, nunca lo olvidaré… hace ya mucho de aquello, tal vez meses, o años. Seguramente ocurrió hace varias décadas.
-¿Qué pasó abuelo? Cuéntamelo.
-Se rompieron los espejos.
-¿Los qué?
- Oh, es cierto, tú ya no llegaste a conocerlos. Un espejo es, como definirlo, es como una ventanita… sí una ventana. Pero en lugar de ver el exterior te ves a ti mismo.
-¿Y para qué sirve verse a uno mismo?
- Eso debió de pensar el genio de las mariposas porque todos se destruyeron aquel día. Recuerdo que yo estaba en la cocina, desayunando, cuando, de repente, se escuchó en el mundo entero el chasquido de infinitos cristales resquebrajándose. Algunos cayeron al suelo, otros se quebraron como el corazón de un enamorado no correspondido y los restantes se esfumaron sin más, desaparecieron dejando marcos, bases y mangos vacíos.
- ¿Y la abuela? ¿Dónde estaba ella?
- Estaba en el baño, era por la mañana y estaba pintándose los ojos y peinándose… cuando salió del baño, me harté de reír. ¡Qué imagen! Tu abuela con un ojo pintado y una enorme raya negra cruzándole el rostro gritaba asustada “¡yo no lo he tocado!, ¡yo no lo he tocado!”.
-Pero, ¿Por qué se pintaba los ojos?
- Lo sé cariño, ahora no lo entenderías. Antes acostumbrábamos a mirarnos hasta en los escaparates. Pensábamos ingenuamente que lo que nosotros veíamos en el reflejo era lo que los demás verían en nosotros. Nos maquillábamos, nos hacíamos agujeros por el cuerpo y nos pintábamos las piel… tardábamos horas en vestirnos. No contábamos con el brillo de la mirada, con el olor de la piel, con su tacto, con la sonrisa espontanea (muy distinta de la forzada para posar en una fotografía). No éramos consientes de la importancia que tienen el amor y el cariño. Ignorábamos la inteligencia, la conversación fluida, los besos, los abrazos y el sentido del humor, ese humor capaz de activar la risa y pintar una carcajada. El Photoshop era el rey y la gente sólo buscaba la fachada y la mentira. Era fácil dejarse llevar por la etiqueta… Se abandonaron los museos y los recuerdos; millones de fotografías pasaban por nuestros ojos diariamente pero no las mirábamos, las juzgábamos y la olvidábamos al instante.
- No lo entiendo abuelo, no entiendo ninguna de tus palabras.
- Es normal. Está bien, mejor… Bueno, se ha hecho tarde, mamá estará esperando abajo.
- Bueno vale, pero prométeme que terminarás de contarme la historia de los ospejos.
-Espejos, Dani, se llamaban espejos. Antes de irte. Mira, asómate a la ventana, mira el precioso paisaje que hay fuera.
-¿Para qué? Si se ve todos los días lo mismo…
- Tú sólo mira.
Prefiero mis pájaros a vuestras jaulas y mis ventanas a vuestros espejos. (Cita conocida gracias a LaLaLa... ¡gracias por inspirarme en la vida!)
-¿Qué pasó abuelo? Cuéntamelo.
-Se rompieron los espejos.
-¿Los qué?
- Oh, es cierto, tú ya no llegaste a conocerlos. Un espejo es, como definirlo, es como una ventanita… sí una ventana. Pero en lugar de ver el exterior te ves a ti mismo.
-¿Y para qué sirve verse a uno mismo?
- Eso debió de pensar el genio de las mariposas porque todos se destruyeron aquel día. Recuerdo que yo estaba en la cocina, desayunando, cuando, de repente, se escuchó en el mundo entero el chasquido de infinitos cristales resquebrajándose. Algunos cayeron al suelo, otros se quebraron como el corazón de un enamorado no correspondido y los restantes se esfumaron sin más, desaparecieron dejando marcos, bases y mangos vacíos.
- ¿Y la abuela? ¿Dónde estaba ella?
- Estaba en el baño, era por la mañana y estaba pintándose los ojos y peinándose… cuando salió del baño, me harté de reír. ¡Qué imagen! Tu abuela con un ojo pintado y una enorme raya negra cruzándole el rostro gritaba asustada “¡yo no lo he tocado!, ¡yo no lo he tocado!”.
-Pero, ¿Por qué se pintaba los ojos?
- Lo sé cariño, ahora no lo entenderías. Antes acostumbrábamos a mirarnos hasta en los escaparates. Pensábamos ingenuamente que lo que nosotros veíamos en el reflejo era lo que los demás verían en nosotros. Nos maquillábamos, nos hacíamos agujeros por el cuerpo y nos pintábamos las piel… tardábamos horas en vestirnos. No contábamos con el brillo de la mirada, con el olor de la piel, con su tacto, con la sonrisa espontanea (muy distinta de la forzada para posar en una fotografía). No éramos consientes de la importancia que tienen el amor y el cariño. Ignorábamos la inteligencia, la conversación fluida, los besos, los abrazos y el sentido del humor, ese humor capaz de activar la risa y pintar una carcajada. El Photoshop era el rey y la gente sólo buscaba la fachada y la mentira. Era fácil dejarse llevar por la etiqueta… Se abandonaron los museos y los recuerdos; millones de fotografías pasaban por nuestros ojos diariamente pero no las mirábamos, las juzgábamos y la olvidábamos al instante.
- No lo entiendo abuelo, no entiendo ninguna de tus palabras.
- Es normal. Está bien, mejor… Bueno, se ha hecho tarde, mamá estará esperando abajo.
- Bueno vale, pero prométeme que terminarás de contarme la historia de los ospejos.
-Espejos, Dani, se llamaban espejos. Antes de irte. Mira, asómate a la ventana, mira el precioso paisaje que hay fuera.
-¿Para qué? Si se ve todos los días lo mismo…
- Tú sólo mira.
Prefiero mis pájaros a vuestras jaulas y mis ventanas a vuestros espejos. (Cita conocida gracias a LaLaLa... ¡gracias por inspirarme en la vida!)
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces
miércoles, 14 de abril de 2010
Perderse...
Lulú tenía miedo de perderse ,de esfumarse y desaparecer como su madre. Hacía solo dos años que se había ido. Una fría noche de invierno los había abandonado; llevándose con ella sus maletas y sus esperanzas. Solamente había dejado su olor en las sábanas y una nota en la encimera: “Necesito encontrarme a mí misma”.
Lulú siempre la buscaba, si la encontraba ella, tal vez su madre volviera y todo sería como antes. Intentaba encontrarla en las caras de la gente que vagaba por las atestadas calles de la ciudad, en los enormes abrigos de las señoras cuando iba en el autobús y en las numerosas cajas de zapatos de su vecina del primero. Cuando sus amigos le preguntaban por qué no tenía mamá, ella sin dar más explicaciones contestaba que ésta simplemente se había perdido y luego había tenido que ir a encontrarse.
Años más tarde la realidad golpeó a Lulú como un gran mazo que rasgó definitivamente la venda de ingenuidad con la que había estado protegiéndose todos aquellos años: su madre la había abandonado. A pesar de todo no podía evitar seguir buscando su mirada en los bolsillos de su cazadora, al fondo de los botes de Cola-Cao y entre las páginas de sus libros… Un aciago día de lluvia, finalmente la encontró, los ojos verdes de su madre la observaban desde un charco. Ella sonrío; llevaba años buscando esa mirada.
Lulú siempre la buscaba, si la encontraba ella, tal vez su madre volviera y todo sería como antes. Intentaba encontrarla en las caras de la gente que vagaba por las atestadas calles de la ciudad, en los enormes abrigos de las señoras cuando iba en el autobús y en las numerosas cajas de zapatos de su vecina del primero. Cuando sus amigos le preguntaban por qué no tenía mamá, ella sin dar más explicaciones contestaba que ésta simplemente se había perdido y luego había tenido que ir a encontrarse.
Años más tarde la realidad golpeó a Lulú como un gran mazo que rasgó definitivamente la venda de ingenuidad con la que había estado protegiéndose todos aquellos años: su madre la había abandonado. A pesar de todo no podía evitar seguir buscando su mirada en los bolsillos de su cazadora, al fondo de los botes de Cola-Cao y entre las páginas de sus libros… Un aciago día de lluvia, finalmente la encontró, los ojos verdes de su madre la observaban desde un charco. Ella sonrío; llevaba años buscando esa mirada.
Mi más sincero agradecimiento a Clara Campoamor por todo lo que hizo por NOSOTRAS.
(78º aniversario de la II República, un recuerdo de algo que pudo terminar de otra manera)
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces,
Huídas
martes, 13 de abril de 2010
El espejo.
Seguimos sin hablarnos. Hace ya mucho tiempo desde nuestra última discusión. Pero esta vez no seré yo quien le pida perdón… A veces me mira de reojo, con mirada aviesa y yo sé lo que significa, me odia. Yo nunca la he ofendido, es ella la que me mira buscando algo, sin saber en realidad qué pretende encontrar. Al mirarme sólo ve una triste caricatura de lo que podríamos haber sido, pero en lugar de revelarse prefiere cerrar los ojos. Le gustaría romperme en pedazos y que desapareciese para siempre. No sabe que si yo no estuviese ella estaría sola de verdad.

MAX.-Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO.-Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX.-Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO.- ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX.-Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.
DON LATINO.-Nos mudaremos al callejón del Gato.
Luces de Bohemia.

MAX.-Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO.-Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX.-Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO.- ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX.-Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.
DON LATINO.-Nos mudaremos al callejón del Gato.
Luces de Bohemia.
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces,
personas,
TEATRO
domingo, 11 de abril de 2010
El romper de las olas.
Me relaja mirar las olas que rompen enfurecidas contra las inmensas rocas del puerto… Primero un leve retroceso del agua como el de quien coge aire para soplar las velas de una tarta de cumpleaños milenaria. Después millones de minúsculas gotas se precipitan sobre los bloques de granito, que soportan la envestida sin ningún esfuerzo aparente.
Ante este descomunal espectáculo de la naturaleza no puedo evitar ver el símil…
El fuerte oleaje arremete contra las rocas, que aguantan sin moverse, como si el tema no fuera con ellas. Es como nosotros, los humanos que tratamos de aguantar sin perecer las fuertes envestidas de la vida. Aunque, como a las rocas, muchas veces parece que los problemas y las viejas heridas no nos afectan, en realidad, el degaste y la erosión hacen que finalmente nos diluyamos en el agua y desaparezcamos. Primero las rocas pierden sus afiladas aristas y se redondean sus formas haciendo que el agua simplemente resbale sobre ellas; este es el punto en el que a nosotros todo nos da igual, nos rendimos y dejamos de luchar. Es triste, pero es el primer paso antes de esfumarnos definitivamente sin dejar rastro.
Estos pensamientos me deprimen un poco así que cierro los ojos y me concentro en el sonido de las olas. Entonces lo comprendo, sí que hay una metáfora, pero no la he enfocado bien, es justo al revés.
Nosotros no somos una fría roca, somos agua.
Somos las fuertes olas que superan las trabas en su camino. Destruimos rocas al enfrentarnos a nuestros problemas y temores, no colamos por grietas y poros, saltamos y rodeamos obstáculos, fluimos. Somos capaces de adaptarnos; flexibles como un junco no cedemos ante barreras, presas ni rocas. Un sabio (no sé quién fue) dijo que no se le pueden poner barreras al mar. Estoy de acuerdo.
Ante este descomunal espectáculo de la naturaleza no puedo evitar ver el símil…
El fuerte oleaje arremete contra las rocas, que aguantan sin moverse, como si el tema no fuera con ellas. Es como nosotros, los humanos que tratamos de aguantar sin perecer las fuertes envestidas de la vida. Aunque, como a las rocas, muchas veces parece que los problemas y las viejas heridas no nos afectan, en realidad, el degaste y la erosión hacen que finalmente nos diluyamos en el agua y desaparezcamos. Primero las rocas pierden sus afiladas aristas y se redondean sus formas haciendo que el agua simplemente resbale sobre ellas; este es el punto en el que a nosotros todo nos da igual, nos rendimos y dejamos de luchar. Es triste, pero es el primer paso antes de esfumarnos definitivamente sin dejar rastro.
Estos pensamientos me deprimen un poco así que cierro los ojos y me concentro en el sonido de las olas. Entonces lo comprendo, sí que hay una metáfora, pero no la he enfocado bien, es justo al revés.
Nosotros no somos una fría roca, somos agua.
Somos las fuertes olas que superan las trabas en su camino. Destruimos rocas al enfrentarnos a nuestros problemas y temores, no colamos por grietas y poros, saltamos y rodeamos obstáculos, fluimos. Somos capaces de adaptarnos; flexibles como un junco no cedemos ante barreras, presas ni rocas. Un sabio (no sé quién fue) dijo que no se le pueden poner barreras al mar. Estoy de acuerdo.
Cuando no hay nada seguro, todo es
posible.
Un susurro sobre:
el ancho y profundo MAR,
el destino de las estrellas fugaces
sábado, 10 de abril de 2010
El primer (des)amor.
-Sientes un extraño cosquilleo en el estómago, como si millones de mariposas revolotearan dentro de ti, es algo maravilloso…- contestó su abuela cuando le preguntó qué pasaba cuando uno se enamora.
- Es como si tu corazón le perteneciera a otra persona. Además solo te apetece compartir tu vida con él, es lo que a mí me pasa con tu padre que en mi vida ya no soy sólo YO ahora somos NOSOTROS, lo compartimos todo ¿lo entiendes?- le explicó su madre.
- Estas todo el tiempo pensando en esa persona y solo quieres estar con él…bueno con él y con sus cuadraditos - suspiró la hija de la portera.
-Haces cosas juntos, cosas de novios, como ir al cine pasear mucho, daros besitos, ir de la mano, suspirar cuando se pone el sol…- le contestó su amiga Marieta con aire sabiondo.
-Os regaláis cosas, habláis cuando uno está triste, no se hija… ¡es que haces unas preguntitas! ¿Le has preguntado ya a tu madre?- la despachó su padre mientras hacía la cena.
Marta siguió preguntando a todos sus vecinos, compañeros de clase y a su familia… finalmente tomó una dura decisión: le diría a Pablito que no quería ser su novia. Después de darle muchas vueltas decidió que enamorarse no tenía ninguna ventaja. No estaba dispuesta a tener dolor de tripa ni mucho menos a darle su corazón a nadie. Tampoco quería dejar de quedar con sus amigos ni compartir sus chucherías. Además no le interesaban para nada los problemas de Pablito y le daban igual los cuadraditos y los circulitos, y sobretodo, le daban arcadas solo de pensar en darle un beso, ¡qué asco! Lo único bueno que tenía era lo de los regalos, pero teniendo a Papá Noel y a Los Reyes Magos ¿Quién quiere un novio? Marta ya tenía 7 años y en ese mismo momento prometió que no se enamoraría nunca. Por suerte, no todas las promesas se pueden cumplir.

Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí .
J.Sabina
- Es como si tu corazón le perteneciera a otra persona. Además solo te apetece compartir tu vida con él, es lo que a mí me pasa con tu padre que en mi vida ya no soy sólo YO ahora somos NOSOTROS, lo compartimos todo ¿lo entiendes?- le explicó su madre.
- Estas todo el tiempo pensando en esa persona y solo quieres estar con él…bueno con él y con sus cuadraditos - suspiró la hija de la portera.
-Haces cosas juntos, cosas de novios, como ir al cine pasear mucho, daros besitos, ir de la mano, suspirar cuando se pone el sol…- le contestó su amiga Marieta con aire sabiondo.
-Os regaláis cosas, habláis cuando uno está triste, no se hija… ¡es que haces unas preguntitas! ¿Le has preguntado ya a tu madre?- la despachó su padre mientras hacía la cena.
Marta siguió preguntando a todos sus vecinos, compañeros de clase y a su familia… finalmente tomó una dura decisión: le diría a Pablito que no quería ser su novia. Después de darle muchas vueltas decidió que enamorarse no tenía ninguna ventaja. No estaba dispuesta a tener dolor de tripa ni mucho menos a darle su corazón a nadie. Tampoco quería dejar de quedar con sus amigos ni compartir sus chucherías. Además no le interesaban para nada los problemas de Pablito y le daban igual los cuadraditos y los circulitos, y sobretodo, le daban arcadas solo de pensar en darle un beso, ¡qué asco! Lo único bueno que tenía era lo de los regalos, pero teniendo a Papá Noel y a Los Reyes Magos ¿Quién quiere un novio? Marta ya tenía 7 años y en ese mismo momento prometió que no se enamoraría nunca. Por suerte, no todas las promesas se pueden cumplir.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí .
J.Sabina
Un susurro sobre:
el amor,
el destino de las estrellas fugaces
martes, 6 de abril de 2010
Sonidos de locomotora.
Viajar en tren me incita a escuchar a Sabina. En cuanto la locomotora arranca comienza la canción, cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el Norte…Me encanta viajar en tren, las vías son la gran metáfora de la vida; caminos para elegir, ciudades que dejar atrás y nuevos lugares para descubrir. Mi cara reflejada en el cristal parece que se funde con los infinitos paisajes que pasan por mis ojos como en un antiguo proyector de cine. Hoy no hace viento y las espigas de trigo esperan pacientes a que una suave brisa las haga bailar al ritmo del rock´n´roll de los idiotas. El tren es como una enorme burbuja transparente que rueda entre viejas fábricas abandonadas y exuberantes mansiones, sin importarle el origen de los que viven o vivieron allí. También pasa frente a antiguas estaciones de ferrocarril, algunas semiderruidas que jamás llegaron a utilizarse, por ahí también pasa, pero pasa de largo, con arrogancia, como si nunca debiesen haber sido construidas.…
El tren es también un lugar de huída, de cambios y sobretodo de aventuras… cargamentos de provisiones, hornadas de soldados camino de una guerra sin sentido, enamorados en una apasionada huída, solitarios persiguiendo sus sueños alocados y multitud de gente con una historia particular han circulado entre el traqueteo de estas mismas vías que ahora me llevan a mi hacia una nueva aventura.
Cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el norteSabina
Y dormí con chicas que lo hacían con hombres por primera vez,
Compraba salchichas y olvidaba luego pagar el importe.
Cuando era más joven me he visto esposado delante del juez.
Cuando era más joven cambiaba de nombre en cada aduana,
Cambiaba de casa, cambiaba de oficio, cambiaba de amor,
Mañana era nunca y nunca llegaba pasado mañana,
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces,
el humo de la LOCOMOTORA,
personas
miércoles, 31 de marzo de 2010
Engaños
Nos engañamos. Es una mala costumbre de los humanos que no podemos evitar. Somos demasiado frágiles para aceptar ciertas cosas, porque no siempre todo es como desearíamos que fuese y eso nos duele. Hay veces que no podemos elegir, las cosas son como son y punto y si no nos gusta, nos tenemos que aguantar. Pero es duro asumir que hay gente que tiene lo que a nosotros nos gustaría, pero que por cosas de la vida no nos ha tocado disfrutar. Entonces aunque nuestro corazón llore y grite de rabia e impotencia, nuestra mente se pone a funcionar para evitarnos ese dolor. Buscamos explicaciones para lo inexplicable e intentamos verle el lado positivo a lo que no tiene lados. Normalmente con eso nos conformamos, pensamos: Total, lo mío tampoco esta tan mal. No todo son ventajas si… Seguro que él piensa lo mismo de mí…
Pero eso solo son excusas y a veces el corazón acalla esos pobres consuelos y se hace oír entre la multitud de nuestros pensamientos. Siempre te dicen, por ejemplo; estar solo tiene sus ventajas… haces lo que quieres cuando quieres, eres libre, no tienes que ser fiel a nadie, tienes más tiempo para hacer lo que te apetezca, no dependes de nadie ni nadie de ti, incluso gastas menos saldo… y yo, yo me lo repito muchas veces a mí misma, de verdad que lo hago e intento creérmelo, pero no puedo. Hay gente que es más feliz sola, yo no lo pongo en duda, pero no es mi caso. Yo echo de menos las caricias y las miradas de reojo, los piropos y estar tumbados sin hablar, escuchando nuestras respiraciones acompasadas. Es todo tan bonito cuando estás enamorada, lo bueno, es mejor y lo malo, simplemente no importa, realmente nada importa demasiado. Solo importamos él y yo.
De momento espero poder seguir engañándome durante un poco más,no espero tener muchas dificultades, en realidad, el autoengaño está en nuestra naturaleza.

Cosas que siempre suenan a triste, cosas que suenan a olvidar.
Pero eso solo son excusas y a veces el corazón acalla esos pobres consuelos y se hace oír entre la multitud de nuestros pensamientos. Siempre te dicen, por ejemplo; estar solo tiene sus ventajas… haces lo que quieres cuando quieres, eres libre, no tienes que ser fiel a nadie, tienes más tiempo para hacer lo que te apetezca, no dependes de nadie ni nadie de ti, incluso gastas menos saldo… y yo, yo me lo repito muchas veces a mí misma, de verdad que lo hago e intento creérmelo, pero no puedo. Hay gente que es más feliz sola, yo no lo pongo en duda, pero no es mi caso. Yo echo de menos las caricias y las miradas de reojo, los piropos y estar tumbados sin hablar, escuchando nuestras respiraciones acompasadas. Es todo tan bonito cuando estás enamorada, lo bueno, es mejor y lo malo, simplemente no importa, realmente nada importa demasiado. Solo importamos él y yo.
De momento espero poder seguir engañándome durante un poco más,no espero tener muchas dificultades, en realidad, el autoengaño está en nuestra naturaleza.
Cosas que siempre suenan a triste, cosas que suenan a olvidar.
Un susurro sobre:
el amor,
el destino de las estrellas fugaces,
gente,
mi cabeza y mis sueños,
personas
martes, 16 de marzo de 2010
Cierro los ojos y siento como los rayos de sol calientan mis parpados. Una cálida caricia recorre todo mi cuerpo. Entonces vuelvo a abrir los ojos y me deslumbra la luz de una día de verano. Tumbada en la hierba, sonrío, me giro y la veo a ellas, hace ya seis años que las conozco. Estoy relajada, no pienso en el pasado, ni el futuro, ¿quién sabe qué será de mi al año que viene? Pienso en el verano que me espera, playa, montaña, algún viaje especial… este ha sido un año duro, un gran año.
Flash forward, 11 de junio del 2010.

"Cuando pensamos que el día de mañana nunca llegará, ya se ha convertido en el ayer."
Por fin he terminado los examenes. Cada vez más cerca del final, del principio de todo.
Flash forward, 11 de junio del 2010.
"Cuando pensamos que el día de mañana nunca llegará, ya se ha convertido en el ayer."
Por fin he terminado los examenes. Cada vez más cerca del final, del principio de todo.
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces,
mi cabeza y mis sueños
domingo, 7 de marzo de 2010
infancia perdida...
Correr. En su cabeza no había ya nada más. Correr. No podía parar. Correr. No debía cansarse. Tenía que correr, huir. Escuchaba sus pisadas, sus botas hacían crujir las hojas caídas, cada vez mas cerca. Correr. No sabía porqué pero debía continuar. Correr. Era lo más importante, correr. No debía dejar que lo cogiesen.
No era la primera vez que lo perseguían, incluso había sido secuestrado una vez. Los llevaban al bosque, lejos de sus casas, para que no pudiesen volver y los mantenían allí para entrenarlos como a soldados adultos. Elegían a los niños porque aprendían más rápido y porque no podían revelarse; además no tenían miedo, en el campo de batalla atacaban sin pensarlo. “Miedo” pensó él. Sí y tristeza, amargura, rabia, ignorancia, dolor, indefensión…sólo tenia 10 años y no sabía sonreír. Él había conseguido escapar pero sus amigos no habían tenido la misma suerte, uno había recibido varios balazos en el pecho. Y el otro haba sido obligado, por los propios rebeldes, a matar a su hermano, tras haberse negado, lo habían asesinado sin remordimientos delante de los demás niños, para dar ejemplo. Él había conseguido escapar en medio de la batalla; se había alejado a rastras y malherido hasta yacer en el suelo desmayado. Varios días después fue encontrado por un grupo de ayuda e introducido en un programa de reinserción. Pero seguía teniendo miedo .Se sentía solo, desamparado, como descalzo en medio de un mundo de piedras afiladas. Tras su vuelta no había logrado dar con el paradero de su familia. Por la mañana trabajaba cosiendo y por las noches iba a dormir a un centro, en el que lo protegían, junto con un gran número de niños, de posibles secuestros o agresiones. Echaba de menos el abrazo de su madre antes de acostarse, la sonrisa inocente de su hermana pequeña y el espíritu optimista de su padre. que repetía todos los días que la guerra acabaría pronto, que la paz estaba al caer.
Esa noche, de camino al refugio había oído sonidos extraños, había salido tarde del taller y recorría sólo el sendero, cinco kilómetros de trayecto, merecía la pena, pensó, no quería volver a sufrir algo parecido. A medio camino había visto un camión que le seguía y había comenzado a correr. Correr, ¿qué más podía hacer? Correr, allí no había nadie para protegerle. Correr. No podía detenerse. Había pasado mucho tiempo, seguía corriendo. Escuchaba sus pisadas tras él.”Más rápido” pensó. Correr. No era la primera vez que lo perseguían, pero esta era distinta. Estaba cansado. Siempre había que correr. Siempre mirando hacia atrás. No confiar en nadie, no tener amigos... o sí tenerlos, pero ¿hasta cuando? Despedidas, siempre despedidas. Mirando siempre hacia atrás. Miedo, mucho miedo. Aún en los momentos más felices había miedo, a perderlo todo de golpe, a quedarse solo otra vez, a sufrir más ¿Quién merecía eso? Era un niño, quería jugar, no tener responsabilidades, ni preocupaciones…ser feliz. No era su momento, aún no le tocaba ser valiente. De repente, dejó de correr. No lo había pensado pero no hizo nada por seguir, se negaba a luchar más, todo había terminado. Sus piernas se detuvieron y se derrumbó en el suelo exhausto. Se había rendido. Nunca más volvería a correr.

Eh, no tu indiferencia no tiene perdón,
¿quien te robó el corazón?
Ska-p
No era la primera vez que lo perseguían, incluso había sido secuestrado una vez. Los llevaban al bosque, lejos de sus casas, para que no pudiesen volver y los mantenían allí para entrenarlos como a soldados adultos. Elegían a los niños porque aprendían más rápido y porque no podían revelarse; además no tenían miedo, en el campo de batalla atacaban sin pensarlo. “Miedo” pensó él. Sí y tristeza, amargura, rabia, ignorancia, dolor, indefensión…sólo tenia 10 años y no sabía sonreír. Él había conseguido escapar pero sus amigos no habían tenido la misma suerte, uno había recibido varios balazos en el pecho. Y el otro haba sido obligado, por los propios rebeldes, a matar a su hermano, tras haberse negado, lo habían asesinado sin remordimientos delante de los demás niños, para dar ejemplo. Él había conseguido escapar en medio de la batalla; se había alejado a rastras y malherido hasta yacer en el suelo desmayado. Varios días después fue encontrado por un grupo de ayuda e introducido en un programa de reinserción. Pero seguía teniendo miedo .Se sentía solo, desamparado, como descalzo en medio de un mundo de piedras afiladas. Tras su vuelta no había logrado dar con el paradero de su familia. Por la mañana trabajaba cosiendo y por las noches iba a dormir a un centro, en el que lo protegían, junto con un gran número de niños, de posibles secuestros o agresiones. Echaba de menos el abrazo de su madre antes de acostarse, la sonrisa inocente de su hermana pequeña y el espíritu optimista de su padre. que repetía todos los días que la guerra acabaría pronto, que la paz estaba al caer.
Esa noche, de camino al refugio había oído sonidos extraños, había salido tarde del taller y recorría sólo el sendero, cinco kilómetros de trayecto, merecía la pena, pensó, no quería volver a sufrir algo parecido. A medio camino había visto un camión que le seguía y había comenzado a correr. Correr, ¿qué más podía hacer? Correr, allí no había nadie para protegerle. Correr. No podía detenerse. Había pasado mucho tiempo, seguía corriendo. Escuchaba sus pisadas tras él.”Más rápido” pensó. Correr. No era la primera vez que lo perseguían, pero esta era distinta. Estaba cansado. Siempre había que correr. Siempre mirando hacia atrás. No confiar en nadie, no tener amigos... o sí tenerlos, pero ¿hasta cuando? Despedidas, siempre despedidas. Mirando siempre hacia atrás. Miedo, mucho miedo. Aún en los momentos más felices había miedo, a perderlo todo de golpe, a quedarse solo otra vez, a sufrir más ¿Quién merecía eso? Era un niño, quería jugar, no tener responsabilidades, ni preocupaciones…ser feliz. No era su momento, aún no le tocaba ser valiente. De repente, dejó de correr. No lo había pensado pero no hizo nada por seguir, se negaba a luchar más, todo había terminado. Sus piernas se detuvieron y se derrumbó en el suelo exhausto. Se había rendido. Nunca más volvería a correr.

Eh, no tu indiferencia no tiene perdón,
¿quien te robó el corazón?
Ska-p
Un susurro sobre:
el destino de las estrellas fugaces,
gente,
LOS SINSENTIDOS DEL MUNDO
Suscribirse a:
Entradas (Atom)