Querer, querer mucho y no poder parar de querer. Querer como para echar de menos y sufrir y aun así, no parar de querer, no querer dejar de querer. Sí, te echo de menos y sí, te quiero.
viernes, 13 de abril de 2012
Querer
Un susurro sobre:
besos robados,
el amor
domingo, 4 de marzo de 2012
TurliTava: el teatro que se ve y se vive
Parece lógico pensar que en una revista poppolítica como esta, la sección Pop recoja todas aquellas piezas culturales destinados al disfrute del grueso de la población y con ellas casi a cualquier tipo de arte. Sin embargo, con este artículo pretendo homenajear a aquellas personas todavía capaces de crear expresiones artísticas cuyo valor recae fundamentalmente en el hecho de no ser consideradas Pop. Hablo de esas obras, nunca productos, que son capaces de permanecer originales a pesar de ser repetidas y que mantienen su esencia y su espíritu gracias a la reinterpretación y el enfoque particular de cada mente.
En el número 35 de la Calle Tres Peces, a unos minutos del metro de Lavapiés, en ese pequeño local antes ocupado por un simple comercio, podemos encontrar, desde septiembre de este año, una de esas obras maestras llenas de magia, eso que históricamente se conoce como ARTE. A menos de dos metros de ella el espectador, ya como un paisano más del pueblo, puede sentir lo que ella siente y observar perfectamente la tristeza que recogen sus lágrimas... Leer más.
El contenido completo de este artículo ya en la nueva revista de política y cultura: www.poppol.es
Un susurro sobre:
TEATRO
martes, 31 de enero de 2012
Entonces sucede, justo lo que menos esperabas. Pensaba que sólo en el cine la vida podía dar una vuelta de campana y cambiarlo todo. Y te da miedo; la improvisación siempre fue un reto: actuar sin papel, ser el protagonista de tu propia historia…
Sólo unos pocos días pero más intensos que una vida entera dando vueltas. Y sin embargo, parece que nada haya cambiado, cuando en realidad todo es diferente. La cama está hecha, el pijama doblado, ha dejado de oler a tabaco, pero cuando oigo que llega el tren con destino a Parla se me hace un nudo en el estómago. Sólo una perla recordará que no fue un sueño, que aquel tacto fue real, que aquellas noches fueron infinitas y que aquellas miradas se cruzaron una noche en un bar de Huertas.
Era una cuenta atrás, un viaje a contra reloj, una historia con el final escrito. Una caricia por la suavidad de sus curvas. Un abrazo que dice “no quiero irme” y otro que responde “no quiero que te vayas”. Un mundo inexplorado que se abre paso por un nuevo camino, camino sorprendente por la falta de sorpresa; un paisaje extraño visto con naturalidad y pasión.
Una roce de manos que nadie parece ver, una duda, una sospecha y una confesión recibida con incredulidad y cariño. Cobardía, ganas de todo y miedo a la nada. Sabor a cerveza y tabaco que rompen barreras, abren puertas y levantan faldas. Humo de beso que ciega la memoria dejando sólo los esbozos de una noche cualquiera que terminó con un amanecer en el Sur. Las sábanas, un escondite capaz de ocultar a uno de sí mismo, parecen insuficientes, parece que no abarquen la genialidad del momento, la perfección de algo especial por su naturaleza imperfecta. Un tacto acelerado, ansioso, con prisa por la vertiginosa velocidad del tiempo. Ese cruel enemigo que no espera por nadie ni entiende de destinos; casualidades, suerte o simplemente magia. Y aún así sucede, el tiempo parece avanzar a trompicones, se acelera y frena de golpe haciendo que recuerdes ese preciso instante. Y no lo entiendes; no te entiendes. No sigue normas ni lógicas, pero pasa, y hay lágrimas al final. Los finales no son felices, son finales y punto. Y esa última mirada, ese último beso, ese último abrazo que dice “no te vayas” y otro que responde “no quiero irme”.
Sólo unos pocos días pero más intensos que una vida entera dando vueltas. Y sin embargo, parece que nada haya cambiado, cuando en realidad todo es diferente. La cama está hecha, el pijama doblado, ha dejado de oler a tabaco, pero cuando oigo que llega el tren con destino a Parla se me hace un nudo en el estómago. Sólo una perla recordará que no fue un sueño, que aquel tacto fue real, que aquellas noches fueron infinitas y que aquellas miradas se cruzaron una noche en un bar de Huertas.
Un susurro sobre:
besos robados,
mi cabeza y mis sueños
martes, 27 de diciembre de 2011
Un precioso error
Se sentía triste al pensar que no volvería a permitirle nadar entre sus sábanas. Aquel sabor a Gin-tonic amargo y tabaco todavía se resbalaba por sus labios cuando pensaba en aquella noche. Todavía podía sentir sus caricias expertas y decididas por todo el cuerpo. Realmente había sentido que volaba al verlo por la mañana. Aquellos ojos grises, como de película en blanco y negro, esa mandíbula marcada y esa media sonrisa como de hombre rasgado hacían que solamente quisiera abrazarlo y acariciarlo, protegerlo de todo, al mismo tiempo que él, con sus brazos, la rodeaba asegurándole un rincón seguro y tranquilo. Nunca antes había tenido aquella sensación, nunca antes había rogado al Sol que tardase un poco más en salir. Ojalá aquella noche hubiera sido infinita. Ojalá todavía le estuviese susurrando al oído aquellas tonterías, banalidades que servían de excusa para acercarse un poco más, para mirarse a los ojos. Tal vez seguiría allí, tumbada y enredada entre su cama y la suavidad de su piel. Hacía tiempo que había reconocido que perdió la cabeza, que cuando él la besó en aquel bar ella ya no pudo pensar en nada más. Parecía increíble, una de esas cosas con las que ni siquiera se había atrevido a fantasear. Imposible de olvidar como la llevó de la mano hasta allí. Todavía recuerda haber visto granes planes y sueños salpicar cuando le removía el pelo.
Pero había vuelto a equivocarse. Él, ciego de amor y borracho, buscaba algo que disminuyera el dolor, buscaba una cura eventual para su corazón roto recién fracturado por la caída desde las nubes, pero ella, ella buscaba un abrazo, una caricia, buscaba algo más que una lucha entre sábanas. Por eso se dejó llevar, no preguntó a nadie, ni a ella misma y se dejó doler y llorar. Había vuelto a elegir mal, el cómo, el cuándo, el dónde, incluso el quién fue un enorme error. Un precioso error...
Pero había vuelto a equivocarse. Él, ciego de amor y borracho, buscaba algo que disminuyera el dolor, buscaba una cura eventual para su corazón roto recién fracturado por la caída desde las nubes, pero ella, ella buscaba un abrazo, una caricia, buscaba algo más que una lucha entre sábanas. Por eso se dejó llevar, no preguntó a nadie, ni a ella misma y se dejó doler y llorar. Había vuelto a elegir mal, el cómo, el cuándo, el dónde, incluso el quién fue un enorme error. Un precioso error...
sábado, 26 de noviembre de 2011
Para no verte tanto , para no verte siempre
Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.
Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve,
ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.
Silvio Rodríguez
(Quería poner sólo una estrofa, pero cada palabra es precisa y reveladora. Hoy no puedo parar de escuchar esta canción.)
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.
Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve,
ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.
Silvio Rodríguez
(Quería poner sólo una estrofa, pero cada palabra es precisa y reveladora. Hoy no puedo parar de escuchar esta canción.)
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el amor,
la pasión,
Música,
Sentir grande
domingo, 20 de noviembre de 2011
El mañana me da miedo.
El mañana me da miedo. No, me da miedo lo que pueda pasar mañana. Me da casi tanto miedo como las casas sin libros. No confío en ellos como tampoco confío en la gente que no bebe por miedo a perder el control sobre cada mínimo detalle de su vida. Me inquietan tanto como la gente que sonríe demasiado o la que nunca sonríe. Me aterran las personas que no dudan, que nunca se equivocan y que están seguras de todo. Siento angustia como cuando no viene el autobús o las tallas están equivocadas. Más que nunca estar azul será estar triste, derrotado y engañado. Tengo miedo, tengo mucho miedo, el mismo miedo que el enfermo terminal que sabe cuándo va a terminar todo, el mismo pánico que el que sabe que siempre es posible empeorar. Me encuentro confusa cuando hay más gente en la calle por "la familia" que con camisetas verdes. Siento la impotencia del que no entiende al sexo opuesto y aun así lo ama, ¿qué tiene la gente en la cabeza cuando cierra el sobre antes de introducirlo en la urna?
Y a pesar de todo, intentaré ser optimista, al fin y al cabo es el acto más revolucionario hoy en día.
Y sí, mañana me despertaré con una alegre sonrisa y una actitud por estrenar (o al menos eso pretendo)
Y a pesar de todo, intentaré ser optimista, al fin y al cabo es el acto más revolucionario hoy en día.
Y sí, mañana me despertaré con una alegre sonrisa y una actitud por estrenar (o al menos eso pretendo)
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