miércoles, 2 de febrero de 2011

Sobre ruedas.

Cuando llega a Sol ya es casi de noche. Mira el reloj; cinco minutos antes de tiempo, sorprendente. Busca la estatua, se acerca y comprueba que todavía no hay nadie.


Pasea, piensa, cambia el peso de un pie a otro, mira el reloj, observa a los viandantes… espera. Hace mucho frío. El ambiente helador y el aburrimiento hacen que centre su atención en la actuación callejera más próxima. Tres chavales patinan sorteando unos pequeños conos de colores justo al lado de la fuente.

Es mágico, narcotizante. Él se toca el pelo, se coloca los pequeños cascos en los oídos, respira hondo y se inclina ligeramente hacia delante. Empieza el baile. Sus pies se mueven a gran velocidad siguiendo un ritmo y un compás desconocidos capaces de hipnotizarla. Ella se pregunta que estará escuchando… ¿Rock and roll? ¿Pop? ¿Música clásica tal vez? Su cuerpo gira, acelera, frena, sube, baja y se dobla sin el menor esfuerzo. Como si fuera de plastilina sus piernas de derriten y sus ruedas dibujas espirales y curvas sobre el frío suelo; todo resultado de ese trepidante ballet urbano. Sólo al terminar se aprecia un suave resoplido al ajustarse la camisa de cuadros rojos, blancos y azules que a ella tanto le gusta. Entonces él la mira, y ella rápidamente baja la vista y analiza las fascinantes baldosas del suelo madrileño. El juego continúa durante un largo rato. Ella alterna las miradas al reloj y al patinador a partes iguales, sus amigos todavía no han llegado. El ritmo frenético no disminuye, los chicos bromean y se arriesgan con distintas piruetas. Una caída. Una mirada. No importa, se levanta y vuelve a la pista.

Ella, apoyada en una farola cierra los ojos…

Se escucha una sirena de policía. Los chicos, alerta, frenan su actividad de golpe y se precipitan hacia sus mochilas para cambiarse de calzado y huir. No tienen permiso para estar allí… “No estábamos pidiendo dinero” dirán, pero de todas forman prefieren no tratar con policías. Los conos en la mochila, ellos calzados y de repente llega un coche con sirena. Guardan lo que queda precipitadamente y desaparecen mezclándose con la multitud que fluye por la calle Preciados.


Sólo ella se fija. Un patín ha quedado olvidado junto al bordillo. SU PATÍN. Se acerca cautelosa y lo coge. Un nombre y un apellido están grabados a navaja en el plástico desgastado. Lo encontrará, y como una Cenicienta posmoderna le probará el patín; sólo el chico de sus sueños sabrá utilizarlo para volar.


… vuelve a abrir los ojos. Ya han pasado cuarenta minutos, los turistas se giran al pasar para ver a los intrépidos patinadores. Ella maldice soñar despierta tan a menudo. De la boca del metro salen sus amigos y un montón de excusas por el retraso. Saludos, besos, “perdón por el retraso”, “hay que frío”, “¡qué guapa!”, “Adonde vamos ahora”… Y al irse, ella se gira, él se gira. Una sencilla sonrisa como despedida y en agradecimiento por compartir esos cuarenta minutos de retraso, baile, velocidad y miradas.





Lo mejor del Sol el brillo de la Luna _____ SÓLO CORAZÓN

 (Fito & los fitipaldis)

1 comentario:

  1. Haces que ahora adore Madrid un poquito más (si acaso es posible)

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Es mejor arrepentirse por lo que has dicho que por lo que no... :)