miércoles, 31 de agosto de 2011

Poema de segundas despedidas

Y otra vez
volverse a partir,
volver a llorar,
volver a reír.

Y otra vez
extrañar lo de siempre,
lanzarse al vacío
seguir la corriente
avanzar por el río

Cerrar las maletas
llenar otro armario y
retener los momentos
que nos trajo el verano.

Vivir al compás
de tus propios acordes
Sin mirar hacia atrás
sin complicaciones.

Darse a la fuga,
cerrarse en canal.
Para un viaje largo
es mejor no parar.

Es irse con pena
y al llegar alegría.
Da miedo perderse
al caminar de día.

Cambios y suplencias
 disfrazados de madurez
que galantes te camelan
sin dejarte responder.

La duda, la eterna duda
la aventura y la emoción
la novedad y la angustia
al componer otra canción.

Cósete el corazón
que no se salga nada
confiando en la razón
hasta en la madrugada.

Cojo mi todo,
dejo mi parte,
arranca el motor
nos vemos en Madrid.


viernes, 26 de agosto de 2011

La chispa


Caminaba por las calles siempre con las manos abiertas. Ella buscaba ese roce suave y a la vez áspero que fuera capaz de encender la chispa. Acariciaba muros de ladrillo y cemento que solían herirle las manos hasta hacerlas sangrar, pero también chocaba con troncos de árbol tan antiguos que con un suave roce podían ilustrar siglos de historia. Abrigos de pieles o prácticamente deshechos, coches brillantes, barandillas, puertas, ventanales enormes y diminutos… ella sentía a través de las yemas de sus dedos hasta el mas mínimo pensamiento que cruzaba el aire.
Decir que nunca había amado era algo exagerado, ya que ciertas noches de luna llena había rozado la enorme esfera blanca logrando un leve chisporroteo que daba lugar a algunas estrellitas desconocidas para los astrónomos. También el roce con unas cuantas páginas era capaz de hacerla estremecer y de cortarle la respiración… A pesar de sus esfuerzos le costó años de búsqueda encontrar esa mano que con solo acercarse hacía que saltaran chispas. Lo que sucedió, sin embargo, fue aquello que ella ya sospechaba:
El día que encontró la chispa ardió entre las llamas hasta desaparecer.

sábado, 2 de julio de 2011

Volar

Lo más difícil no fue aprender a volar sino darse cuenta de que no podría sobrevivir para siempre en el aire. Tras un duro aterrizaje sobre un sauce llorón quedo gravemente herida en una de sus alas.Entre ramas, troncos y un sin fin de hojas secas quedó completamente perdida y desorientada obligada a vagar por los bosques de la tierra sin rumbo. Sólo le consolaba saber que una pequeña parte de su ser seguía en el aire, haciendo volteretas entre las nubes y vigilando desde arriba que no callera desde ningún precipicio.

viernes, 1 de julio de 2011

sus labios
los míos
mis brazos
vacíos

mi abraza
me dice
que no es todo mio
no  se…

suspiro
lo abrazo
le entiendo
charlamos

sería curioso
sería hasta extraño
me sorprendería
y quiero probarlo

jueves, 23 de junio de 2011

Parece que va a llover

Ella, española, madurita, pelo corto y negro (posiblemente teñido) y estilo moderno para su edad. Él, algo mayor que ella, lleva camisa, zapatos, pelo engominado y un encnatador acento argentino. Ambos esperan pacientes en la parada del autobús, ella habla con tono crítico de la juventud, comenta como en sus tiempos era necesario salir a la calle, en medio de una transición luchábamos por defender nuestros derechos. Él la escucha paciente y cariñoso, la abraza para retener sus recuerdos y comprender sus palabras, al fin y al cabo crecieron en mundo distintos dentro de un mismo planeta.
Llega el autobús y suben juntos, cada uno paga se paga su viaje. Ella se sienta, él permanece de pie a su lado con la mano en su hombro; miran en la misma dirección. Hablan en susurros, sonríen, comentan. El autobús va prácticamente vacío, pero aún así se hablan cerquita, en voz baja.
Siguiente parada. Él levanta la vista, presiona el botón de parada y besa suavemente en la mejilla a su compañera. Le dice algo, desde mi Mp3 el genio Sabina me impide escuchar sus palabras. El conductor frena, se abren las puertas, él se gira, se despide con la mano y baja del vehículo. Ella lo persigue con la mirada desde su asiento, se miran y se sonríen a través del cristal. Él continúa con paso tranquilo y mira al infinito con cara pensativa sin embargo no puede evitar que una breve sonrisa juguetona se le escape entre los labios dándole un aire adolescente al relato. Ella, con menos pudor, apoya la cabeza en el cristal de la amplísima ventana y sonríe abiertamente con cara inocente e ingenua, la misma que puso cuando su vecino le regaló una margarita a los 5 años.
Yo, mientras tanto, en mi asiento, con mi música y mis pensamientos, les deseo suerte en silencio. Después miro por la ventana; parece que va a llover.

miércoles, 22 de junio de 2011

EL verano tropezó y calló la gran tormenta.

El calor es agobiante y húmedo hasta el viento es como un aliento irrespirable que te rodea y no te deja abrir los pulmones. Llevamos tres días así. El Sol hace arder las barandillas, derrite el volante del coche, el sillín de la bici y hasta los arboles parecen mas susceptibles en estos días.
Pero esta noche algo ha cambiado, hace ya un rato que el cielo flashea como si millones de turistas japoneses la admirasen a una todos a la vez con sus pequeñas cámaras de fotos. De repente, una gota sobre el hombro, diez metros para llegar a casa y casi apetece ralentizar el paso para mojarse. Empaparse de vida, de energía de esa que chupa el asfalto hirviente de la calzada. Cuando llevar  un paso más lento sería igual a quedarme clavada en medio de la acera no me queda otro remedio que entrar en casa.
Una vez en mi cuarto enciendo mi pequeña ventana al mundo (la que tiene fondo de pantalla y el simbolito de Tuenti) y abro la grande (la que tiene cortinas y persianas). En cuestión de segundos tengo varias conversaciones abiertas y millones de gotas empapando los papeles de encima de mi mesa.
Pierdo el hilo de las charlitas y me concentro en un honorable caballero tripón que corretea bajo la lluvia con una bolsa de plástico en la cabeza y un paraguas del revés en la mano (siempre he pensado que en esta ciudad más vale una bolsa que un paraguas, sobre todo en caso de haberse hecho al permanente hace poco).
De repente se abren las nubes, el cielo grita, aúlla, cruje  y se rompe, se raja; como diría el gran sabio Obélix: cae sobre nuestras cabezas. Día, noche, noche día: los rayos, relámpagos y retruécanos iluminan el cielo a su antojo.
Y como una sacudida el agua ahoga los rayos y las penas en esta noche, la primera noche del verano.