lunes, 29 de abril de 2013

Primer amor


No hubo peor desengaño para aquel esbozo que el de  percatarse de que la bandera de cinismo que enarbolaba con descaro y orgulloso regocijo parecía, de repente, no haber estado jamás allí. Tampoco había ya ni rastro del nihilismo con el que había tejido afanosamente aquel estandarte. Solamente pudo localizar unas colillas aplastadas y mugrientas, un triste recuerdo de aquella chispeante ironía con la que solía disfrazarse en los bailes de postín.
En un instante el Callejón del Gato le había sacudido la realidad encima: sin espada y ni rodela tenía aquel pequeño ser que enfrentar la caída, el vacío y el vértigo. Se preguntó cómo podría ser pájaro y jaula, rama y raíz o alas y abrazo al mismo tiempo.
Sin darse cuenta, se había encontrado desnuda y vulnerable en medio de aquel vendaval. Seducida y encandilada por aquel paisaje escarpado se sentía groseramente atraída por una vorágine de aguijones, espinas y puntas que amenazaban, a su vez, con despedazar y aniquilar cada uno de sus designios.
Aún aturdida y perpleja resolvió coger una pluma y suministrar, ella misma, el primer pinchazo. Sangre y tinta se fundieron en un humor oscuro y denso que resbaló por su piel hasta trazar en el suelo, con diestra caligrafía, su primer amor.



Alter Botanischer Garten, Hamburg 2013

domingo, 10 de marzo de 2013

Distopía de invierno

  Noche cerrada y piernas abiertas para los danzantes. Todo está dispuesto y Caravaggio ilumina la escena. La incandescencia errática de los protagonistas los conduce por el barroco escenario. Los dos, adolecidos de malformaciones románticas y sintaxis infecciosa, no se hallarán en el guión hasta el final del primer acto.  Aquella modélica utopía, imbuida por un derroche de juventud, distorsiona  los méritos al transformarse en una cruda pesadilla invernal.
  Nadie parece percatarse. Sólo la Luna, impávida, se despide desde su cuna, de un tren que hoy arrastra un vagón de menos. Estanterías llenas de vida llenan las vidas y letras de los paseantes del puerto mientras allí, en el teatro, nadie parece entender lo que es el amor. Frío y rabia empapan las sábanas de insatisfacción y salpican a la audiencia. Patrick   Bateman folla frente al espejo y se sonríe.
   Eso sí, cuando se descruzen los caminos no habrá abrazos para nadie. El fundamentalismo de los guapos amenaza en antena y ataca en cada esquina. Lujo y lujuria son palabras sospechosamente parecidas. Y en mi utopía cada un llevaba un libro bajo la sonrisa. 


Aquella tarde el Sol quemaba hasta las fotos.

martes, 12 de febrero de 2013

Despedida


             Parece que ya está todo listo. Un vistazo a las figuritas de sus pájaros adornando la lámpara y a las vacas añadidas al paisaje para comprobar que todo está en su sitio. A un lado el mar y a otro un prado verde en medio de la montaña.
Desde sus respectivos marcos, su esposa, sus hijas, sus nietos y un par de traviesos bisnietos le sonríen con cariño. Camina despacio por la estancia, recordando cuanto sufrió porque sus pequeños no se hicieran daño con aquellas afiladas esquinas de la mesita mientras correteaban por toda la casa. Mira el reloj de la pared y no puede evitar sonreír ante el recuerdo de aquél de rotulador que lo sustituyó mientras lo arreglaba. Acaricia las blancas cortinas y las desplaza suavemente, cómo ha cambiado la calle desde que llegaron a aquella casa, cómo ha cambiado todo.
Con paso tranquilo se acerca al mueble de la televisión y coge varios folios de colores y recortes de revistas que guarda cuidadosamente en el bolsillo del abrigo. Se asoma al recibidor y antes de salir por la puerta, una última mirada en el espejo. Se sube la cremallera del abrigo y se ajusta el sombrero. Un elegante ejemplar de ala corta marrón que le regalaron sus hijas para su 95 cumpleaños. Entonces, deja las llaves encima de la mesita y se da la vuelta hacia el pasillo.
Hace ya bastante que no sale a esa terraza. Dos fieros cuervos de plástico negro, que él mismo hizo con bolsas de basura, lo miran con curiosidad. Con sus expertas manos recupera de su bolsillo los papeles de colores y hace, por última vez, aquello que siempre le gustó. Un corte, un doble, ahora, en diagonal, dobla, dobla, dobla y ahí lo tiene: una preciosa pajarita de papel. Pero esta es diferente, esta es más grande, esta tiene más colores. Esta puede volar. Se aproxima con sus cansadas piernas a ese milagro de la papiroflexia, con cuidado para no tropezar por ese suelo ligeramente inclinado. Con un gracioso y ágil gesto se monta sobre su lomo como un joven jinete. Una sonrisa enorme llena su cara, se gira por última vez y susurra un adiós. La pajarita despliega sus enormes alas y ambos se elevan por el cielo Zaragozano sobrevolando tantos lugares conocidos y a tanta gente querida. Ahora estará con ella. Ahora todo está bien.

lunes, 11 de febrero de 2013


Las lágrimas se resbalaban por sus mejillas como un río salvaje. Cuándo se dio cuenta, no puedo detener aquel llanto desconsolado. Se había roto, se había fracturado como un caro jarrón chino. Se había traicionado a sí misma y le desbordaba tanta decepción. Había traicionado a otros antes, pero nunca a sí misma, no tanto.
Todos sus músicos de cabecera le recomendaron vivir el amor y ella siempre estuvo dispuesta abrazarse a las miradas de los desconocidos que se cruzaban en su vida. Se enamoró de mentes y se enamoró de almohadas, pero siempre, acariciando ese hormigueo extraño que la recorría.
Todo comenzó con aquella promesa. Con aquella convicción y aquel miedo enfermizo a que, algún día, alguien le cortara las alas. Se prometió amar y echar raíces, bailar la luna y compartir camino, pero nunca, perder la llave de su propia jaula.
Pero el dolor era más grande que cualquier otra cosa que ella conociera y por no volar sola, dejó de volar. Y por miedo a lastimarse se encerró en su jaula, se forró el corazón con sonrisas falsas y faldas cortas y llenó sus noches de nada.
Fue esa misma nada la que la rompió por dentro. Una nada tan grande que no podía mitigar el dolor, ese dolor que está ahí siempre, el dolor importante, el de las cosas serias. Y cuando se sintió rota y dolida no puedo evitar llorarse. Así lloró, lloró desde los pies hasta las puntas de las orejas. Todo su cuerpo lloró la nada y la excusa que la consumía.
Esa noche se durmió entre lágrimas. A la mañana siguiente, aún empapada, se despertó sola, sola y tranquila. Un sonido gutural le subió por la garganta y una risa infantil se apropio de ese despertar de alas, de brisa y de aire. Por la ventana entraba el Sol. Había perdido la llave, ya no había jaula.

martes, 22 de enero de 2013

ESCENA EN LA ESTACIÓN

Sabela, Junio 2012
Mis manos. Tus manos.
Plano medio. Nosotros.
Barrido y tren.
Pólvora, carbón y humo.
Nuestros sueños atropellados por una locomotora.

Ruido metálico y hojas en el aire.
Aquella maleta tuya llena de parches y kilómetros.
Lágrimas y plano general.
Una marea de gente anodina te absorbe.
Corta. Hemos cortado.

Prevenidos. Tren
Mis manos. Tus ojos.
Detalle del billete con destino incierto.
"Busca el punto de fuga al final del túnel."
Ahí.

Voz en of de magafonía.
Wildtrack de la estación. Último aviso.
Plano abarrotado y amor fuera de campo.
Abrazo y oscuro.
Fin.


                                                                                                                           A veces los sueños de le resbalaban de
                                                                                                                        la cabeza y volaban por su falda...
                                                                                           

sábado, 15 de diciembre de 2012

Es bonito saber

Abre mucho los ojos. Abre la boca y no dice nada. Entonces, se gira hacia ella, que lo mira esperando su reacción. Desde que se ha dado cuenta de se que se lo iba a contar no le quita los ojos de encima. Tras esa expresión curiosa y divertida se preguntaba como reaccionaría él. Para ella había sido una sorpresa pero tras leer esas líneas de tinta y lágrimas las cosas habían perdido su nombre y sólo quedaba la esencia romántica de una aventura shakesperiana.
Tras cuatro meses de travesía se había quitado la máscara. Se había lanzado al vacío esperando que ellos la cogiesen al vuelo. Y ellos la cogen, con curiosidad acunan la historia y la absorben. La piensan, la meditan, rompiendo muros y abriendo nuevas puertas parecen redibujar a esa amiga. Añaden trazos y borran algunos matices. Es otra, pero saben que es la misma. Saben que los tres son los mismos y que la magia están en poder ser así, ser ellos mismos, siempre.
Y es bonito saber que están allí para hacer una pregunta, dar un abrazo y quererla como es.